Hoy me dejo llevar por esa atmósfera paralela. La de aquel bar, en otro lugar, en otro tiempo en el que nos dejábamos morir al crujir del hielo en la copa, el cigarro en los labios y la sonrisa en la boca. Porque hasta nos permitíamos la rima. No era literatura aunque nos conformásemos con eso. Era la bohemia del café-crème en el Montmartre de una canción, o una noche en la que moriría irremediablemente Rocamadour. Qué más daba. Al final sólo importaba su hiel al fondo de mi garganta.
Me permito masturbarme como tú hacías con aquel Moleskine: con el recuerdo en la mano derecha para calentarla. La otra mano la dejo libre, vacía, hueca, para poder coger al aire esas imágenes de nosotros dándonos amor como los conejitos de aquella canción, para sujetar el recuerdo como si fuese una revista de los 50 en la que tú eres rubia y virgen y Marilyn... me sonríe.
Las persianas del bar subían y un dios nos abría la puerta como un San Pedro de portero en el cielo. Pero allí estábamos tú y yo y no nos hemos ganado los regalos de navidad, no nos hemos portado bien, no tenemos entrada para ese concierto. Aquel bar, para nosotros, era un peaje más en the highway to hell, pese a que hiciese frío y no oliese a azufre.
Un día era Venerdi y tú tenías 15 años y acento italiano. O quizá sólo eras Sugar riñéndome por lo de Lucía, pero Lucía sólo tiene el pelo castaño, al menos hoy, quizá mañana lo tenga... nuevamente castaño. Ya te digo, me masturbo tras este atracón de literatura cuando la literatura es la última copa de whisky cuando el whisky ya no hace efecto. Otras veces eras una ninfa con el pelo rizado enredado en la arena de la playa. Otras veces tenías otro nombre. Adiós Rebe, volveré a llamarte. Recuerdo que eso era exactamente lo que era el amor: el hambre de no vernos, la sed de querernos ver.
Sin embargo, me escondo de todos aquellos fantasmas y sólo elijo un recuerdo porque no puedo hacer frente a todos. Hace demasiado frío para perderme en más noches de aquel invierno y sólo me permito torturarme de vez en cuando. Aquella noche la llevaba clara, como ella se emperraba en recordarme.
-Vamos a hacer también un bebé –me dijo a quemarropa, sentada frente a mí con esa sonrisa de Jack Daniel’s...
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