Era el monstruo que recorría infatigable la noche de mi infancia, pasillo arriba, pasillo abajo, tras la puerta de mi dormitorio.
Lo recuerdo como el celador que en mi niñez vigilaba que durmiera. Yo me ocultaba bajo las mantas y trataba de respirar bajito, de no hacer ruido, de disimilar mi respiración para que no se pudiese ver como subía y bajaba el aire de mis pulmones.
Él paseaba por el pasillo. Escuchaba sus pequeños pasos de monstruo llegar hasta mi puerta y detenerse. Llegaba incluso a escuchar el girar de su cuello y el abrir de sus párpados para atravesar con su mirada la puerta que nos separaba. Entonces era cuando yo contenía la respiración y paralizaba mis latidos. Moría durante esos segundos de expectación hasta que mi monstruo se giraba de nuevo y seguía su camino por el pasillo. Había dado el visto bueno a mi sueño, había corroborado que ya dormía: yo lo había engañado.
Ni siquiera me acostaba pensando en él, no era una presencia incómoda o pertinaz. Tan sólo me acostaba a dormir y, a veces, recordaba a mi monstruo y entonces era cuando él venía a asegurarse de que dormía.
En esas ocasiones, cuando venía mi monstruo, no tenía miedo pero tampoco ganas de salir para ir a la cocina o al baño. El pasillo me era terreno vedado y yo aceptaba, sin más, que mi presencia ahí fuera lo molestaría de algún modo.
Hacía muchos años que no lo recordaba y, sin embargo, la noche pasada, cuando salí a la cocina, me lo crucé por el pasillo. Él aún andaba haciendo su ronda habitual. Nos miramos como dos viejos amigos y nos sonreímos el uno al otro con cierta melancolía. Pude ver en su cara un pequeño gesto de resentimiento hacia mí, algo que me decía que debería estar durmiendo y que mi presencia allí era del todo inoportuna.
Cuando ya volvía de beber el vaso de agua, habiendo dejado la luz apagada a mi espalda, sentí cierto impulso mientras la oscuridad inundaba el pasillo. Aceleré el paso, casi eché a correr, y regresé a mi cama donde me cubrí con las mantas y esperé a que mi monstruo pasase por delante de mi puerta para disimular mi respiración y hacerme el dormido.
Él sabía, tanto como yo, que ya no nos engañábamos: Ni me haría nada por salir al pasillo, ni él se dejaba engañar por mis falsas respiraciones de mal actor. Al fin y al cabo, tan sólo interpretábamos un papel y allí, en la cama, yo era su monstruo bajo las mantas, el monstruo al que tenía que vigilar para que no le hiciese nada si no dormía o salía al pasillo.
La noche pasada, como cuando era niño, terminé durmiendo de tanto hacerme el dormido y, al despertar, creí haber soñado con mi monstruo. A él lo dejo también que sueñe conmigo cuando es de día. Nos limitamos a crearnos y respetamos nuestros respectivos mundos, porque sólo somos dos monstruos que ya no se tienen miedo soñando el uno con el otro.
Venerdi. 17 de Diciembre de 2012